Con la pandemia del COVID-19 y el confinamiento de millones de trabajadores, se extendió una nueva forma de trabajar conocido como teletrabajo, donde estas personas pudieran conectarse con su empresa y trabajar desde casa. Esto supuso una revolución en la vida laboral de medio mundo, pero personalmente a mí apenas me afectaba, porque ya llevaba 20 años “working from home”.
Cómo era el teletrabajo en los años 90: retos y aprendizajes
Empecé con las traducciones en los años 90, cuando Internet estaba todavía en su más tierna infancia. Había muy poco contenido y el acceso era lento, caro y poco fiable, pero para el traductor supuso un cambio importante. En vez de depender exclusivamente de pesados diccionarios especializados, muchas veces incompletos, podías acceder a una fuente de información enorme que crecía a diario a marchas forzadas. Para conectar, tenías que hacer una llamada telefónica con un sonido muy característico:
Estas llamadas eran muy caras, así que solía hacer una lista de todos los términos que tenía que buscar y una vez que llegaba al final de la traducción, me conectaba para hacer las búsquedas. También te permitía conectar con clientes en cualquier punto del país o incluso del mundo y enviarles el trabajo finalizado por correo electrónico en vez de por el siempre parsimonioso correo postal.
El teletrabajo tiene varias ventajas. En esta época teníamos tres hijos pequeños y venía muy bien la flexibilidad que me ofrecía para poder ir a recogerlos del colegio o cuidarlos cuando estaban enfermos. Podría hacer la compra, poner la lavadora o preparar la comida. Pero claro, el trabajo que no haces por la mañana, tendrás que hacer en otro momento por la tarde o por la noche. Para conciliar tu vida familiar con el trabajo, hace falta hacer malabarismos, como han descubierto muchos mamás y papás que han intentado teletrabajar con sus hijos pequeños en casa.
También estaba la comodidad de trabajar en tu propia casa sin tener que desplazarte todos los días a una oficina lejana. Te ahorrabas en gasolina o transporte público, y en salidas a la cafetería a desayunar, aunque había que resistir las tentaciones del frigorífico de casa. La rutina era muy sencilla. Después de dejar a mis hijos en el cole, volvía a casa, me sentaba en un lugar cómodo, encendía el portátil y me ponía a trabajar. Era una vida un poco solitaria sin compañeros de trabajo, pero hacías amistades en la puerta del cole que te llenaban ese hueco.
El teletrabajo llegó para quedarse
Si saltamos al presente cuando el teletrabajo se ha popularizado y es una opción al que millones de trabajadores pueden recurrir al menos algún día a la semana, sigo reivindicando sus beneficios. Ahora es incluso más fácil. Se puede teletrabajar desde cualquier lado. Sólo hace falta un portátil y una buena conexión a Internet. Aquí está mi despacho de verano a la sombra de un gran ciprés:

Y aquí él de invierno con la estufa de leña calentando el salón.

La ciudad de Granada está muy cerquita:

